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Desde el otro lado de la calle se puede sentir su perfume mareante de canelas, melocotones y pachulíes que sube de nota conforme uno se acerca a ella.

Aleksandra nació en Rumanía, tiene 23 años y ofrece sus servicios de puta en Madrid en el supermercado de la carne, el mayor prostíbulo a cielo abierto de España, un mar de esclavas y de kleenex usados que se conoce como Marconi. Siete de la tarde. Una calle separa dos galaxias distintas. A un lado, la inocencia familiar de cualquier urbanización de Madrid a esa hora, el terreno de la indignación vecinal.

Al otro, chisporrotea el fueguito de Aleksandra, que es uno entre cincuenta como los faros de una costa desconocida, oscura, atroz y amenazante. Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer. Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera. A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras.

Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular. Se calcula que chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato. Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña.

Casi no se las ve. Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto. Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño.

Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto. Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia.

También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María.

La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros.

Calladas, asustadizas, viven bajo el yugo de las mafias que las han traído. Son unas cincuenta, casi todas ilegales. Pasean por la cancha de tenis y cerca del metro. La zona tradicional; incluye Atocha y los aledaños del centro. Unas prostitutas en los días de apogeo. En su mayoría españolas y algunas magrebíes -llamadas marroquinas por sus compañeras-.

Las mujeres se muestran por estas caIles desdentadas y, una vez captado el cliente, se van a una pensión, lo que reduce el peligro. Una circunstancia que impidió que sus nuevas localizaciones se evidenciaran enseguida ya que, muchas prostitutas viajaron a la costa en el período estival para seguir trabajando en julio y agosto.

Poco a poco, han buscado un nuevo lugar para llevar a cabo su labor. Templo de Debod Una de las zonas donde se han asentado una gran parte de las meretrices es el Paseo del Pintor Rosales. Una ubicación que les permite la intimidad que poseían en la Casa de Campo al estar cerca de un parque y ser un lugar poco transitado.

A medianoche, cerca del teleférico son decenas las trabajadoras del sexo que trabajan en esas aceras del distrito de Argüelles. No se quedan ahí. En concreto, en la rotonda del Templo de Debod. Las inmediaciones del Paseo de Rosales no es la primera vez que tiene que lidiar con la presencia de las trabajadoras del sexo.

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prostitutas transexuales en la calle prostitutas en la casa de campo Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Un servicio son 20 euros, pero no siempre. Hace años en esa misma zona las meretrices trabajaban en esas aceras. Muchas noches, Agustín tiene que lidiar con personas que pescan en el lago. A escasos diez metros, una prostituta negocia por señas con un cliente, que no habla español, el precio del servicio.

Las inmediaciones del Paseo de Rosales no es la primera vez que tiene que lidiar con la presencia de las trabajadoras del sexo. Hace años en esa misma zona las meretrices trabajaban en esas aceras. Un emplazamiento curioso al tratarse de un barrio residencial donde adquirir una vivienda tiene un precio bastante elevado. Los que pasan por el coche por esa calle se quedan sorprendidos. Porque ayer, a eso de las diez y media de la noche, las patrullas hacían compañía y la pascua a las pocas prostitutas que a esa hora estaban trabajando al lado del teleférico.

La Asociación que lucha por los derechos de las meretrices, Hetaira, ha denunciado en multitud de ocasiones la persecución constante a la que el Ayuntamiento somete a la prostitutas que trabajan en la capital.

Hace unos días, la diana de sus reivindicaciones giraba en torno a la remodelación de la calle Ballesta y la Plaza de Luna. La Razón te recomienda estas cinco historias para estar informado a esta hora. El hombre, un joven rubio que ronda los 20 años, saca unos billetes del bolsillo. Ella se apresura a tomarlos y se separan apenas otros diez metros de los chiringuitos.

Allí, junto a la valla del lago, semiescondidos en unos matorrales, se entregan a lo pactado. Ello obligó a las prostitutas a readaptarse a las nuevas condiciones. Una vez cerrado el lago, las mujeres comienzan a desfilar -en grupos de dos, de seis, de diez- hacia las zonas a las que pueden acceder los coches de sus clientes: Las luces de la constante caravana de vehículos convierten la carretera en un gusano iluminado durante toda la noche.

Los arcenes de tierra o los descampados les sirven para aparcar cuando ya han llegado a un acuerdo con la chica elegida. Los hay que van en moto o andando -algunos, muy jóvenes, casi adolescentes-. Para éstos, los matorrales son el perfecto refugio.

Ya no hay zonas específicas para el sexo como antes de las restricciones. Europeas del Este, nigerianas, transexuales, todas se mezclan por el camino. Los precios dependen del servicio, pero raramente pasan de los 70 euros.

Sólo fue un susto. Y mas que por el tema económico, por el tema sanitario. Pero la culpa, de lo que pase en la calle la tiene el ayuntamiento de cada ciudad. Y después "nosotros" o los que vayan buscando su servicio en la calle. Se dice que el que compra a uno que ha robado, tiene tanto delito como el que lo ha echo. Pues lo mismo con estas "señoritas del sexo". Si nadie fuese buscando sus servicios, en "ciertos lugares" ya verías que pronto se marchaban de la calle.

Prostitución si, pero en sitios regulados y con tarjeta sanitaria. Y ya que muchas ganan mucho dinero que coticen también. Como todo el mundo. Haber quien conoce a alguien que ganando un millón, no pague nada de impuestos.

Prostitucion callejera,politicos robando,asaltos a mano armada,venta de drogas,asi esta el pais,y despues hablan de Franco. Es que alguien puede negar que hay una mafia rumana forrandose con la prostitución. Se l pensarían 2 veces los viciosos.

Lea el texto íntegro.

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